sábado, 30 de noviembre de 2013

Barcelona Parte I

Una semana y unas horas en Barcelona. De estos 7 días en España, cinco de ellos han sido de práctica no remunerada, con almuerzos nefastos, dormir poco, sudar mucho, compartir con gente diferente a ti, no solo en lo que respecta a país, sino que en costumbres. Cultura.
Dicen por ahí que tu libertad termina cuando invades la del otro o algo por el estilo. Vivir al otro lado del mundo sin tu familia es difícil. Una experiencia, hasta ahora, muy recomendable para personas como yo: trastornos de ánimo y continuos cambios de humor por culpa de una incontrolable angustia constante en mí. Bendita seas pastilla de todas las mañanas, sin ti estaría, en este momento, tirándome de algún puente, o quizás ya lo haya hecho. Quién sabe.
Alejarte de tus seres queridos te ayuda a crecer. A valerte por ti mismo y a valorar, por sobre todas las cosas, lo que tu familia te entrega. Me cuesta admitirlo. No soy tan de piel como la gente cree. Mi bipolaridad es tanta que con gente ajena a mi soy muy entregada emocionalmente, a diferencia de en mi casa. Soledad plena y aislamiento social.
En fin, Barcelona.
La belleza de esta ciudad hace que todo lo anterior sea un mínimo detalle ante tanta majestuosidad. No tengo ninguna experiencia en lo que es la arquitectura o la construcción, pero con solo tener neuronas funcionales, me doy cuenta que cada edificio tiene su historia propia que conlleva a su magia que te enamora.
Es todo tan avanzado y europeo que llegas a sentir que sigues siendo un indígena por conquistar. Pedro de Valdivia llega en cualquier momento a mi puerta a declarar su soberanía ante mi humanidad tercermundista. Eso sí, mi país es hermoso a pesar de todo. No cabe duda que Chile tiene muchas ventajas por sobre Europa, algunas más rebuscadas que otras, pero ventajas igual. La cercanía de la gente en Latinoamérica logra que el tercermundista, inadaptado y solitario, sea el conquistador. Esta población es tan fría que te sientes observado con el solo hecho de ir de la mano con tu pareja o de intercambiar miradas de cariño y amor que solo un latino entiende. Es difícil entender, pero creo que tantas experiencias de no muy buena suerte, han creado a un individuo lejano y sombrío aquí. Será tanta crisis y problema de dominio el cuál ha dominado por sobre la alegría y el cariño. Es posible.
La verdad es que Barcelona es un submundo dentro de España y de Europa misma. Aquí la gente es lo más parecido a un latino. Hace lo que se le da la gana con tanta alegría que te lleva a pensar que aquí jamás hubo crisis económica alguna. Cierto es que la población que va y viene de Barcelona es inmensa en comparación a otras ciudades de España, pero como han logrado “sobrellevar” dicha situación es admirable. Aprovecharon cada recurso para salir adelante y explotar el bolsillo del turista y no el de ellos (como muchas otras culturas deberían, aprovecharse del extranjero y fomentar la ayuda a tu población).
Partiendo por el hecho de que desde el aeropuerto puedas subirte a un bus que te deja en el centro de la ciudad, con todas las comodidades posibles, donde no hay flaites mirando tu maleta con ganas de salir arrancando con ella o planeando cómo distraerte para robarte algo. Aquí es tan civilizado que dejar tu maleta al otro extremo es normal. Casi que cuidarla es algo exagerado.
¿Cómo es posible que si no pudiste bajar en tu parada del bus no te abran la puerta donde sea? Muchas frases con adjetivos calificativos se vinieron a mi cabeza en ese momento cuando el chofer no me quiso abrir la puerta. Mi mochila se había quedado atascada en el asiento del bus (que para belleza del lector, posee acolchado y NO está rayado o tiene chicles pegados) lo que impidió que me pudiese bajar cuando abrieron la puerta. Rogué al señor que la abriera y me dijo con claridad que no podía y no lo haría. La siguiente parada estaba a tres o cuatro cuadras de la mía. Pensando el paralelo en Chile, con solo una frase al maquinista, agregándole unos insultos típicos de la zona, logras bajar sin problema alguno. Fue imposible esta vez.
Pagar un boleto de bus por solo subirme una vez por tramo, es una ridícula y cara necesidad en estos momentos. El valor del pasaje supera hasta en un 200% el precio de un boleto normal en Santiago. Pero aquí al parecer nadie se queja. Como dije antes, los buses son maravillosos, aparte de que te hablan avisándote dónde va a parar y dónde está parado ahora mismo, son limpios y hasta huelen bien. Si pensamos nuevamente en el paralelo con Chile, mejor dejarlo para la experiencia propia de transporte público de cada uno. Agrego, para no desmerecer lo bello del metro chileno, que la ventilación allá es mil veces mejor y el olor a orina no existe. Por ahora.
Aquí la gente tiene horarios muy diferentes a lo que una está acostumbrada en Chile. Trabajar de ocho a ocho no existe, por lo menos en mi rubro no, eso está claro.  Todo local, ya sea bar, café, panadería, etc, que sea expendedor de comida o algo por el estilo, están abiertos desde muy temprano. El cigarro antes de las 6 am es infaltable y la cerveza o sangría a mediodía no falta. Parar por un café es obligatorio y el almuerzo, o comer como le dicen por aquí, es sagrado. El jamón serrano no puede faltar jamás y el pan menos. Un poco de oliva y estás listo para continuar.

Trabajar doce o más horas diarias es agotador y después de un tiempo te destruye internamente, la falta de vida social te hace un ermitaño de la cocina y un autista de la sociedad. Duermes menos de lo que trabajas y trabajas más de lo que vives. 

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