sábado, 30 de noviembre de 2013

Barcelona Parte II

Pastelería es creatividad, concentración, tenacidad y silencio. Al parecer Oriol se tomó bastante en serio lo del silencio y hasta el ruido de una mosca escuchas en su taller. Una palma de distancia del mesón y por favor ocultarse si tienes alguna mancha en tu uniforme, su odio a la suciedad está más que representado en la perfección de su trabajo pero jamás lo verás lavando todo lo que usa, que no es poco, de hecho es muchísimo y todo es derivado a sus esclavas, alias practicantes, para ser lavado.


Llevar ya una semana trabajando, tener un master con sabor a diplomado en lavado de latas, mezquinos, y todo instrumento utilizado en pastelería, te hace pensar cuándo será el día en que te manden a hacer algo interesante o que te abra tanto los ojos de lo increíble que te quedó. Por ahora todavía no hay señales de que me entreguen alguna tarea de dicha alcurnia. A pesar de estar en una tercera y última práctica, siempre todas son iguales: pollo nuevo debe lavar, limpiar y secar todo lo que se usa, recién a partir del mes eres útil para trabajos más rigurosos y cuando ya te estás yendo te parece que aprendiste algo pero la verdad es que no aprendiste absolutamente nada. Eso es lo malo de la pastelería. No estás en servicio continuo, millones de personas que esperan su plato caliente y a ti tiempo no te están alterando  los nervios ni quitando el sueño. Solo es producción masiva. Y  en este momento, Dios que es masiva. Cómo te explicas que un simple personaje español tenga que enviar pedidos a diferentes países del mundo, algo tan rebuscado como Japón. Pensando en la cantidad de maravillas que poseen los orientales, prefieren buscar lo occidental y alimentarse de eso. A veces estoy en contra de lo moderno de hoy en día y a favor de mantener las raíces, con un toque vanguardista siempre, pero conservando la historia de cada país. Mezclas de restoranes “entra y podrás comer todo el sushi-pizzas-pastas-ají de gallinas que puedas”. Conservar lo nuestro pero darle un gustito a nuevo.
Más atrás dije que vivir sola no era lo mío. Vaya que si es cierto. Vivir de comidas simples sin gusto a hogar no es agradable. Todo viene en lata o en bolsa. El día en que alguien invente el verdadero puré en caja con ese toque a papa de verdad va a ser el fin del mundo o el comienzo de todo lo mega elaborado químicamente. Estudiar cocina y tener que comprar pasta lista y fácil a solo 3 minutos en microondas es denigrante. Pero para qué estamos con cosas, trabajar 12 hrs seguidas, los pies sin fuerzas y todas las ganas de acostarte no te apetece cocinar algo muy rimbombante si tienes esta maravilla de la modernidad que al parecer los americanos nos entregaron en bandeja, literalmente en bandeja. Lo bueno pero triste de todo esto, que aquellos macarrones con “tomates de verdad” y carne estaban bastante ricos. Un cocinero acaba de morir después de que dije/escribí eso. 

Acabó el primer tercio de la práctica. Empezó el frío. Lunes a madrugar. Tres cosas que me producen sentimientos encontrados, porque, a pesar de que cada vez queda menos para que esta horrible tortura laboral y sobre exigida se acabe, me enamoro cada vez más de Barcelona y su capacidad de juntar personas diferentes en cultura y crear una sociedad de aceptación donde nada importa. La segunda fascina, nada me pone más contenta que el frío, estando lo suficientemente abrigada como para no sufrir. No es el caso acá. No existe mi calefacción central como en mi casa y en este momento estoy acostada (son las 19:50 hrs) con un polar y un poleron puesto. Tenemos un problema Houston. Agregar el guatero en mis pies que se enfría en dos minutos. Y finalmente, el lunes. Dios como odio los lunes, sobretodo porque debo despertar tipo 3 am para ir a la tortura de práctica con este frío que no tiene compasión en mi pobre humanidad. Tenemos una mezcla de situaciones con sentimientos más que encontrados. 

Barcelona Parte I

Una semana y unas horas en Barcelona. De estos 7 días en España, cinco de ellos han sido de práctica no remunerada, con almuerzos nefastos, dormir poco, sudar mucho, compartir con gente diferente a ti, no solo en lo que respecta a país, sino que en costumbres. Cultura.
Dicen por ahí que tu libertad termina cuando invades la del otro o algo por el estilo. Vivir al otro lado del mundo sin tu familia es difícil. Una experiencia, hasta ahora, muy recomendable para personas como yo: trastornos de ánimo y continuos cambios de humor por culpa de una incontrolable angustia constante en mí. Bendita seas pastilla de todas las mañanas, sin ti estaría, en este momento, tirándome de algún puente, o quizás ya lo haya hecho. Quién sabe.
Alejarte de tus seres queridos te ayuda a crecer. A valerte por ti mismo y a valorar, por sobre todas las cosas, lo que tu familia te entrega. Me cuesta admitirlo. No soy tan de piel como la gente cree. Mi bipolaridad es tanta que con gente ajena a mi soy muy entregada emocionalmente, a diferencia de en mi casa. Soledad plena y aislamiento social.
En fin, Barcelona.
La belleza de esta ciudad hace que todo lo anterior sea un mínimo detalle ante tanta majestuosidad. No tengo ninguna experiencia en lo que es la arquitectura o la construcción, pero con solo tener neuronas funcionales, me doy cuenta que cada edificio tiene su historia propia que conlleva a su magia que te enamora.
Es todo tan avanzado y europeo que llegas a sentir que sigues siendo un indígena por conquistar. Pedro de Valdivia llega en cualquier momento a mi puerta a declarar su soberanía ante mi humanidad tercermundista. Eso sí, mi país es hermoso a pesar de todo. No cabe duda que Chile tiene muchas ventajas por sobre Europa, algunas más rebuscadas que otras, pero ventajas igual. La cercanía de la gente en Latinoamérica logra que el tercermundista, inadaptado y solitario, sea el conquistador. Esta población es tan fría que te sientes observado con el solo hecho de ir de la mano con tu pareja o de intercambiar miradas de cariño y amor que solo un latino entiende. Es difícil entender, pero creo que tantas experiencias de no muy buena suerte, han creado a un individuo lejano y sombrío aquí. Será tanta crisis y problema de dominio el cuál ha dominado por sobre la alegría y el cariño. Es posible.
La verdad es que Barcelona es un submundo dentro de España y de Europa misma. Aquí la gente es lo más parecido a un latino. Hace lo que se le da la gana con tanta alegría que te lleva a pensar que aquí jamás hubo crisis económica alguna. Cierto es que la población que va y viene de Barcelona es inmensa en comparación a otras ciudades de España, pero como han logrado “sobrellevar” dicha situación es admirable. Aprovecharon cada recurso para salir adelante y explotar el bolsillo del turista y no el de ellos (como muchas otras culturas deberían, aprovecharse del extranjero y fomentar la ayuda a tu población).
Partiendo por el hecho de que desde el aeropuerto puedas subirte a un bus que te deja en el centro de la ciudad, con todas las comodidades posibles, donde no hay flaites mirando tu maleta con ganas de salir arrancando con ella o planeando cómo distraerte para robarte algo. Aquí es tan civilizado que dejar tu maleta al otro extremo es normal. Casi que cuidarla es algo exagerado.
¿Cómo es posible que si no pudiste bajar en tu parada del bus no te abran la puerta donde sea? Muchas frases con adjetivos calificativos se vinieron a mi cabeza en ese momento cuando el chofer no me quiso abrir la puerta. Mi mochila se había quedado atascada en el asiento del bus (que para belleza del lector, posee acolchado y NO está rayado o tiene chicles pegados) lo que impidió que me pudiese bajar cuando abrieron la puerta. Rogué al señor que la abriera y me dijo con claridad que no podía y no lo haría. La siguiente parada estaba a tres o cuatro cuadras de la mía. Pensando el paralelo en Chile, con solo una frase al maquinista, agregándole unos insultos típicos de la zona, logras bajar sin problema alguno. Fue imposible esta vez.
Pagar un boleto de bus por solo subirme una vez por tramo, es una ridícula y cara necesidad en estos momentos. El valor del pasaje supera hasta en un 200% el precio de un boleto normal en Santiago. Pero aquí al parecer nadie se queja. Como dije antes, los buses son maravillosos, aparte de que te hablan avisándote dónde va a parar y dónde está parado ahora mismo, son limpios y hasta huelen bien. Si pensamos nuevamente en el paralelo con Chile, mejor dejarlo para la experiencia propia de transporte público de cada uno. Agrego, para no desmerecer lo bello del metro chileno, que la ventilación allá es mil veces mejor y el olor a orina no existe. Por ahora.
Aquí la gente tiene horarios muy diferentes a lo que una está acostumbrada en Chile. Trabajar de ocho a ocho no existe, por lo menos en mi rubro no, eso está claro.  Todo local, ya sea bar, café, panadería, etc, que sea expendedor de comida o algo por el estilo, están abiertos desde muy temprano. El cigarro antes de las 6 am es infaltable y la cerveza o sangría a mediodía no falta. Parar por un café es obligatorio y el almuerzo, o comer como le dicen por aquí, es sagrado. El jamón serrano no puede faltar jamás y el pan menos. Un poco de oliva y estás listo para continuar.

Trabajar doce o más horas diarias es agotador y después de un tiempo te destruye internamente, la falta de vida social te hace un ermitaño de la cocina y un autista de la sociedad. Duermes menos de lo que trabajas y trabajas más de lo que vives.